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El Milagro de la Piel Luminosa

Cuentan los viejos pergaminos que, en un tiempo donde los reinos se debatían entre guerras y tinieblas, hubo un monasterio benedictino perdido entre bosques espesos y montañas coronadas de niebla. No era un monasterio como los demás: sus muros de piedra estaban cubiertos de hiedra, y bajo sus criptas se guardaban secretos que los hombres del poder jamás debían conocer.

Entre aquellas paredes, los monjes y monjas, más buscadores de sabiduría natural que guardianes del dogma, comenzaron a practicar una ciencia olvidada: la alquimia blanca. No buscaban convertir el plomo en oro ni fabricar armas para los señores feudales.

Su verdadera obsesión era distinta: descubrir el misterio de la Piedra Filosofal interior, la chispa divina oculta en el ser humano. Dentro de todos nosotros y desde lo más profundo de nuestros espíritus, brota la verdad natural.

Se dice que una noche de plenilunio, una joven novicia llamada Elgiva tuvo una visión. Mientras todos oraban en silencio, el resplandor de la luna atravesó los vitrales del claustro y cayó sobre su rostro. Ella, como movida por una fuerza invisible, dejó caer su túnica al suelo. Entonces los presentes contemplaron con asombro cómo su piel desnuda, comenzaba a brillar suavemente, como si la luz de la luna la hubiese patinado. Era una visión demasiado angelical. Era la confirmación de lo divino que habita a los espíritus blancos. Nada demoniaco puede sobrevivir, después de un renacimiento espiritual.

Aquella visión fue llamada después “El milagro de la piel luminosa”. Elgiva proclamó: “El oro que buscan los viejos hombres, los impuros, no están en los metales, sino en nosotros. No hay piedra más filosofal que la piel libre, bañada por la luna y el sol”.

Desde esa noche, los iniciados comprendieron que la desnudez no era vergüenza, sino revelación. No se puede opacar al hombre por culpa de los muertos en vida, a los miserables que se les condenaba a las galeras o a las mazmorras. La túnica, símbolo de obediencia y silencio, debía caer para liberar el verdadero espíritu.

En aquel reino, la desnudez se convirtió en signo de libertad, la música en alquimia, el espejo en verdad. Y mientras los reinos vecinos seguían en guerras y cadenas, en Nudelot nacía el Nuevo Hombre, hijo del sol y del viento, con la certeza de que la mayor riqueza jamás fue el oro, sino el cuerpo y el espíritu unidos en su pureza.

Héctor Cediel Guzmán
Bogotá, D.C. Colombia
hectorcediel@gmail.com

 

 

 

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